Un futuro (Cuento)

Cualquier parecido con la realidad o con algún personaje real no es mera coincidencia. Nada ha sido inventado. Es parte de una dolorosa realidad. Por Jorge Lara Tovar.

El ruido de las rejas y las maldiciones de los guardias lo dejaron sin sueño desde muy temprano. Tenía miedo de abrir los ojos. Hizo un gran esfuerzo para imaginarse en su cama donde la única persona capaz de llegar a joderlo era su madre. Pero ninguna de aquellas voces se parecía a sus gritos, «¿Qué no piensas pararte? ya estás bastante grandecito para que trabajes, cabrón huevón. ¿Crees que te voy a durar toda la vida o que vas a encontrar una pinché vieja que te mantenga?».

Casi nadie en la familia había escuchado a su madre decir una mala palabra, tal vez sus tías. Era uno de los recursos que usaba para descalificarlo frente a su abuela, sus tías y primos.»¿Tú crees? Iván volvió a llegar tarde. Y no pude dormir en toda la noche y ya me tengo que ir a trabajar y no me va a dar tiempo de ir a pagar la luz ni el agua». Por supuesto, tía Rosario volvió a ofrecerse para hacer las cosas que a ella no le daban tiempo. Aunque Iván sabía que no entraba a trabajar hasta el mediodía y que se iba a perder el tiempo contando chismes con sus amigas. Ella las citaba y casi siempre pagaba las cuentas de los desayunos, las cenas o las comidas. Era parte de la rabia que día a día envenenaba su alma, su cerebro, sus pensamientos. ¿Por qué para él nunca tenía tiempo? ¿Por qué él no merecía recibir un centavo para comprar un refresco o cualquier tontería como los otros niños?

Aquello comenzó siendo él muy pequeño,  tenía tres o cuatro años si su buena memoria no le fallaba. Ahí, en la celda, con los ojos cerrados, las viejas escenas desfilaban fácilmente. Solos él y su madre en el primer piso de un edificio viejo, en un departamento al que nunca le daba el sol y con los focos siempre prendidos, para no tropezarse con los muebles y para  calentar un poco el ambiente húmedo de los cuartos. Ella sentada a la mesa o en un sillón, cabeceando sobre un libro abierto «¿quién sabe cómo le hace para leer dormida?, pensaba», esperando el regreso del marido para exigirle por enésima ocasión que ya dejará ese vicio y explotando al menor llanto del pequeño «Con una chingada, ya cállate, no me dejas concentrar y mañana tengo que presentar un examen, tú tienes la culpa de que no aprenda».

Apretó los ojos con fuerza y se cubrió la cara con la delgada cobija que le había llevado la tía Rosario. Cualquier recuerdo era preferible antes que abrir los ojos y aceptar lo que le estaba pasando, incluso hubiera deseado verse rodeado por el desorden y el polvo que siempre había en su casa que tanto criticaban sus tías. «Pues qué quieren que haga, Iván no me ayuda en nada, me voy a trabajar y cuando regreso está todo hecho un cochinero. Mete a sus amigos, se acaban lo que encuentran en el refrigerador  y él no es capaz de levantar ni un plato, no me ayuda en nada».

Su padre sí lo quería. Al menos eso pensaba. Siempre regresaba del trabajo con algún dulce para el pequeño y en medio de sus borracheras lo alentaba a no dejarse de las mujeres, ni siquiera de ella, «tú vas a ser un cabrón bien hecho, me caí de madre. Y nada de hacer cosas de viejas, para eso tenemos a tu madre». El día que se murió no quiso ir al panteón. Vinieron todos sus pariente, abrazaron a la madre y al hermanito que apenas tenía unos meses de nacido, aprovecharon para reprenderlo o echarle un sermón para tranquilizar sus conciencias, «Tienes que portarte bien, buey, ahora eres el hombre de la casa y debes de cuidar a tu madre y a tu hermanito». ¿Qué sabía un niño de ocho años de esas obligaciones? Pero ya la madre se había encargado de asegurarle a toda la familia que ese niño era su desgracia, era un demonio, tenía malos sentimientos, malas inclinaciones, malos pensamientos, malos sueños, malo todo. «Pero sí se ve que es muy despierto y dice que lleva buenas calificaciones». «Ustedes no lo conocen, no saben cómo batallo con él, su padre lo echo a perder».

Le dolió mucho no ver más a su padre. Pero era un dolor que no sabía dónde se encontraba. A veces era en la cabeza. A veces era en el estómago, otras ocasiones en el corazón. «En el ventrículo izquierdo», pensaba. Y cuando sus compañeros le hacían burla o le preguntaban si era huérfano les decía «mi padre anda en la Sierra, pero ya verán cuando regrese, no se la van a acabar pinches ojetes». Y la bola de ojetes lo acusaba con los salesianos guardianes del colegio. Sin embargo, sí pensó que la mejor forma de ayudar era sacar buenas notas y se puso a estudiar. Al final del año apareció en el cuadro de honor y le entregó orgulloso las calificaciones a su madre. «¿Y qué quieres que haga, cabrón? ¿Qué te celebre? Sí es lo único que haces por lo menos que vayas bien en la escuela, es tu obligación. Mérito el mío, que tengo que trabajar para mantenerlos y salir adelante».

Fue el inicio de una guerra declarada, sin cuartel, sin piedad. Buscaba la manera de fastidiarla, de que el dinero pagado por los seguros de su padre sirviera para reparar lo que él echaba a perder. En la casa se volvió todavía más desordenado, sucio. «Sí no me dedica tiempo, que se friegue recogiendo el tiradero, que limpie, que barra, que me haga de comer, que lave mi ropa, que me dé lo que me dejo mi padre». Lo único que logró fue echarse al resto de la familia encima. «No hagas sufrir a tu madre, la vas a matar de un coraje». Nadie se preocupo por acercarse a él sin considerarlo culpable. Nadie quiso saber realmente qué lo hacía convertirse en una persona agresiva y sin control cada vez que su madre estaba cerca.

El paso de los años no remedió nada. A veces pensaba dedicarse en serio a estudiar y hacer una carrera, pero bastaba que su madre se pusiera a sí misma de ejemplo para desanimarlo. “Mírame a mí, cabrón. Viuda y con dos hijos que mantener, hice una carrera y ya voy por la maestría». «¿Y eso de qué te sirve, hija de la chingada? Eres una mediocre profesionista. Si no fuera por lo que dejo mi padre estaríamos en la miseria». Y por más vueltas que le daba en la cabeza no encontraba respuestas para hacer su vida, irse lejos y mandar a todos a la mierda.

La urgencia le pintaba como indeseable el tener que dedicar tantos años como su madre, como sus tíos, como muchos de sus conocidos para terminar encerrado en una oficina con un sueldito de medio pelo o de pelo y medio, en el mejor de los casos. Con sus amigos se dedicaba a soñar en los grandes negocios que «te hacen rico en un abrir y cerrar de ojos». «Necesito una lana, jefa. Voy a ir a la frontera a comprar ropa. Fácil me voy a llevar en un mes lo que tú has ganado en toda tu puta vida de profesionista mediocre». «¿Estás loco? ¿Con quién te juntas que te mete tanta pendejada en la cabeza?»

Miles de negocios formaron parte de sus sueños, Gozaba haciendo las cuentas de las ganancias. Ora vendiendo ropa, ora vendiendo vino y cervezas o comprando trocas baratas en la frontera o toda la basura que llegaba desde Corea y Hong Kong, organizando «tables» clandestinos, vendiendo «milagritos» en peregrinaciones. Desde tacos hasta trajes «Hugo Boss» hubo en los negocios que pasaban por su mente, pero sin tener más recursos que unos cuantos pesos ganados con muchas dificultades en partidos callejeros de fútbol y otros torneos de barrio. Alguna vez le habían propuesto un «bisné que le podía dejar muy buen varo», pero la verdad es que en el fondo su ambición todavía conocía los límites. Nunca se decidió a ganarse la vida como algunos de sus cuates de la calle, aunque de pronto era una especie de envidia y miedo verlos pasearse en carros último modelo, con un buen fajo de billetes en los bolsillos. ¿Dónde, dónde podría encontrar su futuro?

En los últimos días se le había visto todavía más abandonado, sucio, mal vestido, despeinado, con una traza de perro apaleado, hasta su madre lo notó «¿Qué te pasa, cabrón? ¿Por qué no te arreglas? ¿Qué van a decir los vecinos si te ven todo mugroso?», «Estoy deprimido, no me chingues». Algunas noches no llegaba a dormir, así que a la madre no le preocupo mucho que pasaran algunos días sin encontrárselo por la casa. Él tampoco estaba preocupado por avisarle a nadie que la tira lo había agarrado, ¿qué era un par de noches más en los separos de una delegación? Otra aventura para el choro con los cuadernos. Pero cuando lo llevaron a declarar y le mostraron los paquetes que según la tira él andaba vendiendo, decidió mejor llamar a su tía Rosario. Sintió miedo cuando le negaron el teléfono durante dos días. Al tercero, gracias a un judicial que se apiado de él pudo llamar para avisar donde estaba. «Dicen que andaba vendiendo droga. Dile a mi madre que me consiga un buen abogado».

«¿Ahora qué voy a decir en el trabajo? ¿Qué van a pensar de mí todos los que me conocen?», pensó la madre. Mientras, en la cárcel, Iván trataba de organizar sus pensamientos, trataba de ordenar su cabeza y recordar con toda precisión y detalle cada movimiento que había realizado ese viernes funesto. Tras la reja, desde una radio le llegaba el sonido de la rola “Aquí”, de La Ley, su grupo, que parecía darle un sentido a todos sus pensamientos:

Aquí

El hombre está acercándose hacia el encuentro como la frontera.

En cambio una decisión, la puerta abierta y una nueva era.

El mundo que gira al revés pretenden que navegue en él ahogando mis ideas.

El ruido ambiente y soledad de la ciudad nos aíslan de todo.

Por eso comencé a escarbar, para encontrar los mil y un tesoros.

El mundo que gira al revés pretende sumergirme en él ahogando mis ideas.

Aquí,

Tengo el presentimiento que aquí

Nada voy arrastrar desde aquí

Si no voy a vivir mí hoy ahora.

Lamento hay en mí corazón, mas imaginaciones verdadero,

Mientras el tiempo anuncia que por un segundo casi  fui un señuelo,

El mundo que gira al revés pretende que me encienda en el quemando mis ideas.

Cuando hasta un ciego puede ver que nos callamos sin saber perdiéndonos la vuelta.

Aquí