El 12 de abril de 1944 se iniciaron las excavaciones para redescubrir lo que fue el centro comercial más importante del México prehispánico: Tlatelolco, lugar de los islotes sagrados de Tenochtitlan. Por Jorge Lara Tovar.

Fue el 12 de abril de 1944 cuando el arqueólogo estadounidense Robert H. Barlow comenzó las excavaciones en unos terrenos ubicados frente al templo de Santiago Tlatelolco, como parte de un proyecto interdisciplinario de investigación, en una zona donde se habían realizados diversos hallazgos fortuitos desde el año de 1839.
En el proyecto participaron, además de Barlow, la antropóloga Antonieta Espejo y el historiador y arqueólogo Pablo Martínez del Río. En aquel entonces era prácticamente desconocido el esplendor que este sitio tuvo durante la época prehispánica, poco se sabía del antiguo señorío mexica aunque el lugar era reconocido como el refugio de los escribas indígenas derrotados, quienes en compañía de los frailes Juan Badiano, Juan de Torquemada y Andrés de Olmos escribieron una gran cantidad de crónicas de la vida antigua en el Valle de Anáhuac, amparados por los muros del Imperial Colegio de la Santa Cruz.
Los trabajos de Barlow y su equipo llevaron al descubrimiento de las escalinatas de un gran templo, de varios cráneos humanos, de un pozo estratigráfico, de un entierro con ofrendas y de un osario cavado en una fosa sellada con piedras de tezontle.
Martínez del Río describió el lugar: “El solar yace entre los patios del cuartel y las vías del ferrocarril. En la parte Occidental del solar, y muy cerca de la iglesia, una marcada elevación del terreno que calificamos inmediatamente de “montículo” y que se nos antojó debía corresponder al famoso templo mayor de Tlatelolco. Las excavaciones comenzaron el 12 de abril [1944] y no tardamos en darnos cuenta de que no andábamos tan descaminados en nuestras conjeturas. El día 12 de mayo nuestra incansable compañera, la señora Espejo había logrado localizar un peldaño de la monumental escalinata del gran edificio pagano”.

Día tras día fueron saliendo a la luz las construcciones que había formado parte de lo que fue el centro comercial más importante del mundo prehispánico: Tlatelolco, cuyo nombre en náhuatl significa lugar sobre las arenas, para recordar que fue edificado sobre uno de los grandes islotes de la laguna, cercano a la gran Tenochtitlan y donde también se construyó un Templo Mayor donde se veneraba a Huitzilopochtli.
El equipo interdisciplinario había seguido, con buen olfato, el rastro consignado en investigaciones como la de Eusebio Dávalos, “La deformación craneana entre los tlatelolcas”, y la del norteamericano S. Morton, “Crania Americana”, ambas anteriores a 1839; así como las referencias de los clérigos Fischer y Doménech, quienes en 1846 estudiaron varias tumbas de Tlatelolco donde hallaron los cráneos otomíes que se exhiben en el Museo de la Broca de París. Los hallazgos de pequeños ídolos, fragmentos de obsidiana y restos humanos realizados por Manuel Ticó, en 1892, también despertaron su curiosidad.Así es como iniciaron las excavaciones que hoy nos muestran el sitio de Tlatelolco, con más de 27 edificios completos, con su Plaza de las Tres Culturas, donde se conjugan las épocas prehispánica, colonial y moderna. Actualmente continúan las excavaciones pues la pintura mural aquí encontrada, abre las posibilidades de encontrar restos del adoratorio a Tláloc.