Por Jorge Lara Tovar

A pesar de los videos digitales y todos los nuevos recursos técnicos de nuestro tiempo, la fotografía sigue conservando su lugar en el gusto de las personas. Si se trata de una fecha importante, un bautizo, una boda, un cumpleaños, la graduación escolar, la imagen se hace imprescindible.
¿Quién no a pasado una buena tarde sin salir de su casa frente al álbum familiar llenándose nuevamente los ojos con un montón de viejas y nuevas imágenes? “Aquí está tu abuelita cuando era chiquita”, “Aquí estás tú el día que cumpliste 5 años”, “Esta era una vecina que cantaba muy bonito”, “Te acuerdas cuando fuimos a este paseo”. Y ante nuestros ojos desfilan los ectoplasmas almacenados, cuerpos astrales que se nutren de nuestras personas y nos nutren, verdaderos archivos de alma, testimonios de nuestra vida.
Y aunque todos pudiéramos comprar una cámara y apretar el botón que permite el registro de imágenes, no todos tenemos la capacidad de “ver”, de “reflejar”, de “plasmar” ni el carácter de la gente ni la importancia del momento. Para nuestra fortuna existen y deambulan por las calles esos personajes llamados fotógrafos. ¿Los recuerda como eran todavía hace unos cuantos años?
Se escondían detrás de la cámara, tapados con una gran tela negra y nos hacían sentarnos derechitos y no movernos ni un ápice. Hasta sirvieron para acuñar el refrán político “El que se mueve, no sale en la foto”. Posiblemente muchos los recuerdan afuera de la Basílica de Guadalupe o de la Catedral Metropolitana, con sus paisajes de cartón, un vaso con agua y un peine para aplacar los cabellos necios. O cuando cruzaba uno por la Avenida Juárez, con su cámara en mano sorprendiendo a los transeúntes.

Y dónde dejamos a los fotógrafos de noticias, presentes en los grandes eventos nacionales y en los espectáculos, sorprendiendo al raterillo al momento de sacar la cartera del descuidado que festejaba al torero triunfador de la tarde, al artista en el tendido, al político en el momento de dirigir la mirada al futuro promisorio de su nación, al diputado dormido en su curul. Pasemos de largo por los “enfants terribles” de la fotografía conocidos como “Paparazzi” ¿a quién realmente le agradaría saber que en cualquier momento puede ser sorprendido con un gesto o un actitud inadecuada?
La fotografía da origen el 1839 a la palabra fotogenia, una cualidad psicológica que le permite a las imágenes impresas sobre un papel transmitirnos un sentimiento de presencia de las cosas, una emoción, una ternura, como si el original hubiera encarnado la imagen. Cuando los fotógrafos logran captar este momento, su trabajo reanima y fortalece el culto familiar: las fotos de los muertos -padre, madre, hermano- velan y protegen la casa campesina como dioses, son en este sentido recuerdos, vida reencontrada, presencia perpetuada. La fotografía sirve lo mismo a los espiritistas para invocar a los fantasmas, que a los curanderos y brujos para hacer encantamientos y alejar enfermedades, van acompañadas de una historia, disputan a la muerte y al olvido jirones de presencia viva. ¿De donde proviene este papel?
Según Edgar Morin, especialista francés, este papel que juega en el ánimo de la gente una foto bien tomada no proviene de la cámara, ni del rollo, ni de las sales de plata ni de algo que entre en la composición material de ella, sino en la capacidad del fotógrafo de recuperar lo que nosotros proyectamos y fijamos en ella; espíritu, alma y corazón humanos están profundamente, natural e inconscientemente comprometidos en una fotografía. Es decir, la imagen es presencia vivida y una ausencia real, presencia y ausencia y en el encuentro alucinatorio de la mayor subjetividad y la mayor objetividad, en el lugar geométrico de la mayor necesidad, donde se halla el doble, imagen-espectro del hombre.
Por eso los fotógrafos siguen siendo una especie de magos que van invocando la inmortalidad, la fotografía es imagen-física enriquecida con la más rica cualidad psíquica, las cosas que vemos en ellas están formadas en su mayor parte por las porciones obscuras de la imagen, por sombras; de la implicación de las cualidades de sombra y reflejo en la misma naturaleza del desdoblamiento fotográfico es de lo que resulta la fotogenia, la fotogenia que hace que se mire la foto más que se utilice.
Mejorándolo o empeorándolo, los fotógrafos siempre, en su registro y reproducción de las personas, las transforman, las recrean en una segunda personalidad, cuyo aspecto puede turbar la conciencia al extremo de llevarla a preguntarse ¿quién soy yo? ¿dónde está mi verdadera identidad? Habrá que dejarlos trabajar en el intento de atrapar la luz y la sombra, conjugarlas y tal vez seguir recitando entre dientes las oraciones que duran el tiempo suficiente para que dentro del cuarto oscuro las sales de plata hagan parecer las imágenes con claridad sobre el papel.
Caballo y hombre, una historia compartida Leer más