Hablar de viajar en tren en México es parte más de la nostalgia que de la modernidad asumida por el bitcoin, las criptomonedas o las cadenas de streaming que transmiten el juego del calamar. Por Jorge Lara Tovar.

A mi me gustaba mucho viajar en tren. Era una fiesta cuando mi abuelo me llevaba hasta la vieja estación de Tacuba para salir rumbo a Morelia. Otras veces llegábamos a la estación de Buenavista para subirnos al “14”, un tren que viajaba desde la ciudad de México hasta Ciudad Juárez. Si bien nos iba alcanzábamos un lugar en el vagón de primera, que era más cómodo y reservado. Pero la verdadera fiesta era en los vagones de segunda al que subían personas cargadas de todo tipo de mercancías y animales.
A mi hermano y a mí nos gustaba sentarnos cerca de las vías y apostar a ver quién aguantaba el paso de las maquinas de vapor, porque todavía nos toco verlas caminando. También nos gustaba ver como se iba alejando con su rastro de humo y sus silbatazos. Entonces la estación se quedaba sola. Vista desde lejos parecía un fantasma de concreto donde se perdían los ladridos de tres perros, junto con la voz lastimosa de un pordiosero que miraba pasar las nubes y hablaba solo.
Como no estar de acuerdo con Robert Fisk, el columnista de “El independiente”, cuando dice que “Por alguna razón los aeropuertos nunca han logrado capturar la magia de las estaciones ferroviarias. Sospecho que este sentido de continuidad es lo que nos atrae. Un avión puede volar una ruta, pero nunca a través del mismo trecho de aire. Un barco tampoco pasa por encima de exactamente las mismas aguas en cada viaje. Pero un tren siempre viajará, centímetro a centímetro, a lo largo del mismo sitio por donde emprendió el viaje ayer o hace 100 años, que es el mismo viaje que emprenderá la semana próxima o en otros 100 años”.
Y uno podía platicar con los compañeros de viaje o simplemente escuchar las historias que contaban los demás pasajeros. ¿Sabe usted de que el dicho “Hecho la mocha” es absolutamente ferrocarrilero? Es la imagen de la locomotora sola, sin vagones, corriendo veloz y sin parar en la estación. Ni que decir de la canción “La Adelita”, donde las valientes soldaderas unen su destino a los ferrocarriles: “…si por mar en un buque de guerra, si por tierra en un tren militar”. Nunca faltaban los músicos a bordo, algunos melancólicos y otros pícaros que cantaban esa excepcional pieza musical de humor negro llamada “La Maquinita”.

(Aquí hemos venido, porque hemos llegado, los dos por distintos lados,
cantando canciones pasamos la vida un poco más divertida.
Era en el año 40 antes del 54, cuando murió tanta gente
Entre Puebla y Apizaco.
El tren que corría por la ancha vía, de pronto se fue a estrellar
Contra un aeroplano que andaba en el llano
Volando sin descansar)
Un día nos encontramos con un simpático yucateco. Traía con él los recuerdos de su abuelo quien le contó cuando abrió la primera estación en la península, la algarabía se mezclaba con la brisa de las playas de Progreso -contaba. Lo mejor de la sociedad yucateca se dio cita allí el 15 de septiembre de 1881 porque “los servicios de comunicación tenían que estar acordes con la modernidad de los últimos años de aquel siglo XIX”.
La industria henequenera utilizó durante más de 50 años el ferrocarril como medio de distribución, ya que Progreso constituía la salida más importante de la península al extranjero y al interior de México. Que Yucatán careciera de minas, propició la falta de interés de los empresarios estadounidenses para invertir en el establecimiento de los ferrocarriles. Como único caso en la República, los ferrocarriles de Yucatán se asentaron con inversión de capital netamente local.
Contaba con nostalgia que un día se fue de viaje a Estados Unidos, llevo a su nieto de paseo y, lo que nunca se imagino, juntos subieron a la maquina que casi 100 años atrás trasportó a sus abuelos el día de su boda, porque las tres locomotoras que transitan las vías del “Magig Kindom”, de Disney World, son las mismas que corría sobre los rieles que se extendieron a lo largo de la península yucateca a principios del siglo XX.