No es el Corona Capital, por el contrario, la mayor parte de sus antiguos huéspedes hubieran preferido nunca estar ahí. Por Gabriela López y Jorge Lara Tovar.

Hay de palacios a palacios. Este fue construido a lo largo de los años por el ingenio popular, con un cúmulo de historias, algunas verdaderas otras… no lo sabemos y es probable que no lo sepamos nunca. Se le conoció como “El Palacio Negro de Lecumberri” y se le encuentra al Oriente de la Ciudad de México.
Es una gran fortaleza de piedra, circundada por torres y garigoliados, al estilo colonial de la Ciudad de los Palacios. Más allá de sus leyendas es una pieza monumental. Su construcción comenzó en 1888, sobre el terreno que pertenecía a una familia de apellido Lecumberri. Las obras concluyeron 12 años después y, tal vez no debiéramos decir, “abrió sus puertas” como prisión en el año de 1900.
El caso es que la construcción fue impresionante, al grado que desde entonces se le conoció entre la población como el “Palacio de Lecumberri”. No sabemos si antes de ser prisión, los habitantes de México pudieron conocer sus siete patios y la torre de vigilancia. Después, las historias contadas por los presos y los custodios a sus familiares y amigos le agregaron al nombre el adjetivo de “Negro”. Historias de espantos, brujería y torturas aderezaron su leyenda.

El día de hoy, otros son sus prisioneros, pues en él se resguardan desde la declaración de independencia hasta una carta de amor de un cortesano importante de la época de la colonia, pasando por una muestra de las primeras fotografías de la ciudad de México tomadas por los hermanos Mayo hasta los más actuales mapas, escritos, documentos oficiales. Estas rejas no fueron pensadas para albergar la sede del Archivo General de la Nación.
Hay lugar en particular que despertaba el temor hasta de sus huéspedes más bragados. En este lugar destaca una torre que no ha sido destruida. Era la torre de vigilancia de una zona especial, un lugar donde se encontraban los presos más peligrosos, por ello está separada e independiente de las demás instalaciones. Aquí se encontraba uno de los apandos descrito magistral e intensamente por José Revueltas, quien fue uno de los muchos artistas que habitaron sus celdas.
En ocasiones llegaban los familiares con el guisado más apreciado por el recluso, algunos de ellos tenían un rostro que verdaderamente daba miedo y no era necesario un juicio para considerar que realmente eran culpables. No faltaron entre sus habitantes personajes como “el Coronelazo” David Alfaro Siqueiroz, o el ingeniero Heberto Castillo.
Tal vez le será difícil creerlo, pero nuestro querido “Chava” Flores también paso algunas noches aquí dentro. Pos supuesto, fue una injusticia y de aquellos días escribió, con esa capacidad para calar hasta lo más profundo del alma de las cosas, los lugares y las personas, una de las pocas canciones donde hace a un lado la ironía y su singular humor:
Quien dijo: “Una vez se vive”,
no supo lo que decía;
parece ser que en la cárcel
se vive y se muere al día.
Quien dijo: “Una vez se vive”,
no supo lo que decía.
¡Qué triste vivo cautivo
contando las horas muertas!
De aquellos que más me quieren
me alejan pesadas puertas.
Un grito rasga la noche,
un celador grita: “¡Aleeerta!”
“Canto del Prisionero”