La joya de la corona del arte churrigueresco en México

San Francisco Javier, ex Convento de los novicios en Tepotzotlán. Por Natalia Lara

A sólo 40 kilómetros del centro de la ciudad de México, se encuentra una construcción considerada la joya de la corona del arte churrigueresco en nuestro país; el ex Convento de San Francisco Javier.

El recorrido desde el zócalo de la ciudad de México a este pintoresco poblado es el principio de un muestrario arquitectónico de las distintas épocas de nuestra historia, principiando por las joyas coloniales del Centro Histórico de la ciudad capital del país, atravesando los rascacielos que se levantan a los costados del Periférico, sin dejar de admirar las Torres de Satélite y continuar por la autopista a Querétaro hasta arribar a este rincón del Estado de México, transitar sus calles empedradas y adoquinadas, antes de desembocar frente a esta imponente construcción que deja a los visitantes con los “ojos cuadrados”.

Es el ex Convento de San Francisco Javier, la joya de la corona del arte churrigueresco en México, como la han llamado los historiadores del Arte. La mirada no puede retirarse de cada detalle que lo forma, mientras escuchamos a un guía de turistas contar que es uno de los 60 monumentos que forman parte del Patrimonio de la Humanidad del Camino de Tierra Adentro. La soberbia portada estípite que aseguran es producto de la creatividad de Jerónimo de Balbás y de Lorenzo Rodríguez, los artistas del México colonial que crearon las portadas del Sagrario Metropolitano de la Ciudad de México.

Si se tiene la paciencia suficiente, podrá uno comprobar que son 116 las esculturas que decoran la fachada, ángeles, querubines, santos y todo un conjunto de formas caprichosas conviven en perfecta armonía y en “santa paz”, ahí están San Francisco de Loyola, San Esteban, San Luís Gonzaga, San Pedro, santa Justa, San Ignacio y el juego consiste en ser el primero en descubrirlas y nombrarlas como  si apenas se estuvieran bautizando.

Resulta difícil determinar si el guía es un maestro en historia del arte o un especialista en catequesis describiendo la ornamentación que simboliza tanto los mandamientos como los sacramentos que utilizaron los jesuitas durante doscientos años para convencer a los naturales de estas tierras de la existencia de Dios y de todas las glorias celestiales. A cambio de ello, allá por el año de 1580, los otomíes les enseñaron su lengua y les descubrieron la historia contada en sus códices y en sus antiguas crónicas.

En lo alto, por supuesto, la figura de Dios Padre, la Virgen Maria, el niño Jesús, San José, el Sagrado Corazón y ángeles y más ángeles. Aseguran que en aquel entonces, un antiguo cacique indígena que tomó el nombre de Martín Maldonado se quedo fascinado con la dedicación que ponían los frailes en aprender la lengua de los naturales y en enseñar el español, la música, la religión, los cantos, el teatro y la lectura y decidió apoyarlos para convertir el pequeño convento en el mayor centro de enseñanza de la Nueva España.

Al consumarse la Independencia, la fachada sufrió lo que tal vez sea el único cambio en toda su historia. Por su importancia durante la época colonial, en la parte superior izquierda se esculpió el escudo de la corona española, el ajuste de cuentas, llevó a los nuevos ciudadanos a borrarlo y colocar en su lugar el escudo de la nueva nación, el águila que acompañó desde siempre a los mexicanos.

Todavía no hemos tenido tiempo de pensar en conocer el interior, donde se encierran tesoros y maravillas. Pero el asombro nos ha despertado el apetito y aceptamos la invitación a calmar el hambre en el mercado de antojitos. ¿Qué tal unos tacos de cuitlacoche o de quelites o de requesón? Tamales, atoles, tlacoyos, barbacoa, pancita o birria antes de seguir esta expedición.

Helena Poniatowska Leer más