Don Juan López Cervantes, fue presidente de la Unión de Barrios de Puebla, y fue también un gran bebedor de pulque. Por Natalia Lara

Un día entre sorbo y sorbo intentaba hacer un recuerdo de las pulquerías que había conocido a lo largo de su vida, que en esos momentos iba ya para los 80 años: “La sangre manda”, “La Rielera”, “El Pueblo Feliz”, “La Traviesa”, “Juega el Gallo”, “El Farolito”, “El Farolazo”, “La Mera Penca”, “La Gloria”, “Los sueños de Baco”. Aquí en Puebla había pulquerías en el centro donde se juntaba gente de más recursos, pero la gente verdaderamente pudiente mandaba a sus criados a traer el pulque, tomaban pero no les gustaba juntarse con la raza.
“Entre esas pulquerías estaba El Gran Salón, La Giralda, pulquerías que eran todo un espectáculo ver sus locales, con grandes lunas venecianas, auténticas venecianas, con pinturas no murales, porque eran pinturas de aceite, pero los señores que pintaban las pulquerías eran verdaderos artistas, ignorados. Yo recuerdo de entre esos murales había uno con la leyenda del Popocatépetl y el Iztacihuatl convertido en mujer, y un hombre que era el Popocatépetl, llorando supuestamente”.

“Otro de los que me acuerdo, en alguna de las pulquerías, creo que en El Detalle y la India Bonita, había réplicas de algunas pinturas de Arrieta. Una de ellas, se trata de que en una mesa están jugando el “Rentoy”, descalzos, y por debajo de la mesa le está pasando unas cartas al compañero, con los dedos de los pies. Ese cuadro es real, lo hizo uno de los pintores más famosos de la ciudad de Puebla, Arrieta. La réplica era con pintura de aceite pero muy bien combinada”.
“El “Rentoy” es un juego de cartas, se jugaba con la baraja española, común entre la gente pobre –por decirlo de alguna manera-, donde cada carta tenía una seña. El que jugaba Rentoy debía de tener una facilidad mental y una vista de lince, porque sacaba tantitito la punta de la lengua y el compañero, porque se jugaba por pareja, debía entender la señal de que tenía un juego grande que se llamaba “borrego”. Por eso los otros, los rivales, estaban abusados a ver qué señas hacían. Eso era lo interesante de ese juego. Estaba el rey, nomás hacía uno las cejas para arriba y significaba que tenía corona, “tengo el rey”, la jota movía el hombro, en otro movían la nariz. Por eso era simpático ese juego, era muy bonito y se pasaba el tiempo así, ingiriendo pulque. Ese juego se jugaba casi en todas las pulquerías.
“También en los pulques hay clases, hay pulque pulque, pulque fino, que es de maguey manso, un magueyzote grandotote, es el mejor pulque, se decía que le faltaba un grado para ser carne, nomás le faltaba el hueso, y luego había pulques corrientes que eran de maguey corriente, que esos por lo regular se daban aquí alrededor de la ciudad”.
“Lo que diferenciaban a unos con otros, era que el pulque bueno, el bueno-bueno, no hacía mal al estómago, era una cosa buena; en cambio el otro que le decían “choco”, entre los peladitos le decíamos el choco, ese pulque era de maguey corriente y hacía muchas veces daño al estómago, le soltaba a uno el estómago”.
“Por eso en las pulquerías decía: pulques finos de Nanacamilpa, o pulques finos de Apan, de Atayangas (sic), que eran los pulques muy finos, los de Tlaxcala, pulques de maguey manso, un maguey que hasta se veía azul. Y los introductores, como siempre, revolvían uno con otro para que no sintiera uno feo, pero en eso se diferenciaban los pulques”.